Destino Barcelona

Las Navidades de 2017 mi padre las pasó entrando y saliendo del hospital por problemas de salud propios de su edad, ochenta y siete años: insuficiencia respiratoria por acumulación de líquido en un pulmón y obturación de válvula cardiaca. Los pulmones siempre han sido su talón de Aquiles, seguramente por haber trabajado toda la vida en la construcción, respirando toda suerte de polvos tóxicos.

Ya siendo yo pequeño, mi madre y él tenían que ir de tanto en cuando a las urgencias del hospital de San Pablo de Barcelona para que le dieran oxígeno, porque sufría regularmente crisis de asma y bronquitis. Con ese historial, puede considerarse afortunado por haber llegado a la edad que tiene. Él lo sabe y lo lleva todo con gran estoicismo.

Envejecer no es cosa de flojos, ya lo dijo una vez la actriz norteamericana Bette Davis. Mi padre es admirable por el buen humor con el que se toma las cosas. Siempre está de guasa y contando chistes. Tiene un humor muy suyo, y que no siempre es entendido. Un día que lo tuvieron toda una noche en una camilla en un pasillo en urgencias esperando habitación en planta, cuando por fin vino una enfermera a tomarle la presión y le preguntó que cómo estaba, en lugar de quejarse por las circunstancias, le soltó: “Dile al médico que venga, me lo pones a la derecha y tú te pones a la izquierda, os traéis también una mula y un buey y ya tenemos la Nochebuena”. Sus males vienen con la edad y no tienen solución, solo se pueden gestionar lo mejor posible.

Si uno ha sabido vivir la vida, con la edad adquiere conocimiento y profundidad, y yo creo que mi padre ha ganado con el tiempo, como debe de ser. Cuando mis hermanos y yo entramos en la adolescencia, el pobre hombre no siempre supo navegar con temple en  esos rápidos . Tampoco nosotros, egoístas como todo adolescente,  se lo pusimos fácil. El resultado fue un distanciamiento que debió de ser muy doloroso para él.

Pero yo también he ido mejorando con los años y ahora comprendo perfectamente lo difícil que fue entonces la vida tanto para él como para mi madre. He de admitir que seguramente tampoco yo fui siempre razonable pero, en fin, es el triste destino de los padres: sacrificar los mejores años de sus vidas, cuando hay salud y energía, para sacar adelante a unos hijos que lo dan todo por descontado y que no saben de agradecimientos. Para afianzar la personalidad propia, hay que matar antes al padre, ya lo dijo Freud.

Ahora, a toro pasado, hay que reconocer que no lo hizo tan mal mi padre, pues al final mis tres hermanos y yo hemos salido buenas personas y relativamente cabales.

 

 

 

 

Cuando mi madre murió, se sintió perdido. Llevaban más de cuarenta años casados, un periodo de ilusión, zozobra y miedos, de situaciones difíciles y momentos felices. Como todos los matrimonios, se habían acomodado en una rutina y un reparto de roles que les ofrecía estabilidad y paz de espíritu, así que la pérdida de mi madre fue un duro golpe para él.

Por suerte pudimos arreglarle las cosas para que cayera con buen pie y pudiera sobrevivir con dignidad, pero, una vez tuvo solucionado techo y comida, la soledad hizo mella en él y empezó a buscar algo que nosotros, sus hijos, no podíamos darle. Yo porque hacía ya muchos años que vivía en Londres y mis hermanos porque tienen también sus trabajos y sus familias y, por más que quieran estar por él, no pueden hacerlo todo el tiempo.

Además, tampoco podemos nosotros ofrecerle la amistad que él necesita, pues cada edad tiene distintas vivencias y una diferente sensibilidad. Mi padre necesitaba alguien de su edad, de su misma cuerda y con experiencias comunes. Así que para mí fue un alivio que, tras un primer flirteo con una mujer con la que la cosa no terminó de cuajar, se encontrara con Amparo, una mujer que también había enviudado años antes. Los dos están en el mismo barco y se entienden bien. Tiene tres hijos con los que se lleva bien pero que tampoco pueden estar todo el día con ella. Por esa razón, le compraron un perrito chihuahua que le hiciera compañía, lo que fue un acierto, pues los dos están encantados con su Simba. No viven juntos, pero se ven regularmente y, lo que es más importante, saben que están ahí el uno para el otro.

Mi hermanos y yo enseguida nos acostumbramos a Amparo, que es una mujer buena y agradable, además de una cocinera estupenda. Trabajó algunos años en un restaurante francés de la calle Balmes. Comprendimos que era la mejor terapia para su soledad. No es fácil recomponer los pedazos de una vida que quedan hechos añicos cuando muere un ser querido.

“Hoy es la verdadera Navidad”, le dijo mi padre a mi marido, John, cuando estuvimos comiendo juntos después de las fiestas. El pobre estaba pensando en la Nochebuena, cuando John no estaba, ni Amparo. John porque siempre pasa la fiesta en Inglaterra con su hermana Rosemary y mi cuñado Norman, que es un pastor anglicano en Norfolk, Inglaterra; y Amparo porque es una mujer inteligente que sabe muy bien cuando ausentarse. El día de Nochebuena es una de esas ocasiones.  Tristemente, en esa misma noche en el año 2000 murió mi madre. Por eso Amparo prefiere esfumarse ese día.

Siguiendo la tradición de Andalucía, de donde somos originalmente, para la Nochebuena nos reunimos todos: hijos, nueras y nietos, igual que cuando mi madre cocinaba un gran menú navideño y después, a los postres, nos dábamos todos regalos. A pesar de la pena por su ausencia, mi padre ha cumplido cada año con el ritual, pero se cansa cada vez más con tanta algarabía como montamos. Nos reunimos en casa de mi hermana y, entre pitos y flautas, terminamos la velada a las dos de la mañana, que no son ya horas para él.

No olvidaré nunca el día en que se nos fue mi madre. Yo, como cada año, había venido también para pasar las Navidades, que ese año se presentaban lúgubres. Poco antes, los médicos habían abandonado toda posibilidad de curación del cáncer que la afligía, y la habían trasladado a una unidad de cuidados paliativos en el mismo hospital barcelonés de San Pablo al que antes había acudido para las crisis respiratorias de mi padre.

Por azares de los turnos que habíamos organizado para estar con ella, me tocó a mí estar presente cuando dio su último suspiro, con estertor de la muerte y todo. Ella estaba sedada y yo, entre pensamiento y pensamiento, leía poemas de un libro que el poeta inglés Brian Patten escribió en circunstancias similares a la mía entonces. De pronto empezó a respirar pesadamente, hasta terminar con un tremendo gemido prolongado, como si se aferrara a la vida, impotente, fútilmente.

Yo acababa de leer antes de ese último aliento un verso que decía:  “You are now dissolving in our love for you” (“ya te disuelves en nuestro amor por ti”) y la coincidencia de verso y experiencia me dejaron sobrecogido.  Luego convencí a mi padre y mis hermanos para que ese verso figurara como epitafio en la lápida de mi madre en el cementerio de Casa Antúnez, como ella lo llamaba siempre, “Can Tunis”, como se llama ahora. “Ahí vamos a acabar todos”, decía ella cuando de pequeños íbamos los domingos a pasear por los jardines de Montjuic y nos señalaba desde el castillo la pequeña y no del todo desagradable ciudad funeraria barcelonesa, colgada en la falda de la montaña de Montjuic, con vistas al Mediterráneo y a “los barcos”, que era como ella llamaba al puerto: “vamos a los barcos”, recuerdo que decía mientras nos endomingaba para salir a disfrutar del día de descanso semanal paseando por el puerto.

La Nochebuena es pues una fecha agridulce para nosotros, por decirlo suave, pero es especialmente agotadora para mi padre, quien cumple con los rituales por inercia y se cansa pronto. Se cena a hora española, o sea tarde, y entre aperitivos, apertura de regalos, los postres de turrón el cava y todo lo demás, termina aturdido, por eso prefiere él una reunión menos intensa.

 

 

 

 

Esa Navidad de 2017 en la que empecé a escribir este relato mi padre le había visto las orejas al lobo durante tantas horas como había pasado en el hospital. Estaba convencido de que iba a ser tal vez la última vez que me viera. Antes de volvernos a Londres John y yo, nos estuvo enseñando las pinturas, dibujos y acuarelas con los que se entretiene, y que cada vez hace mejor.  Al despedimos, se nos quedó mirando desde la puerta de su pequeño apartamento mientras nosotros andábamos por el largo pasillo hasta el ascensor. Yo me giré varias veces y él seguía allí todavía, saludándonos con la mano cada vez. “Ya sabemos lo que está pensando”, dijo John. “Sí”, contesté, “se teme que esta sea la última vez que nos ve y ese miedo le produce una profunda pena”.

Yo hice lo que pude para hacerle sonreír. Antes de salir del piso ya se había empezado a poner mustio, aunque haciendo esfuerzos por controlarse. Yo entendí como se sentía y, sacando el recio humor negro que nos caracteriza, le dije que no se podía morir antes de mi vuelta en abril. “Papa, tú no te puedes morir en Cataluña”, añadí maliciosamente, sabiendo lo acérrimo españolista que siempre ha sido, en relación a la eterna polémica sobre la independencia de Cataluña, y  que estaba especialmente de actualidad por aquellos días. “Si te has de morir, será en Madrid”, lo embromé, “te llevaré unos días e iremos a ver un partido del Rayo Vallecano, y a ver los Goyas y los Velázquez en el Museo del Prado. Allí ya, si quieres, te puedes morir, delante de la Meninas, que saldremos en los periódicos y todo. Imagínate el titular: “muere un hombre al cumplir su sueño”.

Mi padre se rió, pero se le iluminaron los ojos. Dijo que hacía ya tiempo que quería ir a Madrid, una ciudad que le encanta y a la que siempre quiso ir a vivir. Si se vino a Barcelona, fue por presión de su madre y sus hermanas, que ya estaban viviendo ahí y le ofrecían la ayuda y el apoyo necesarios para instalarse con tres criaturas, especialmente yo, que tenía entonces apenas cuarenta días cuando nos vinimos a Cataluña desde nuestro Pozoblanco natal en abril de 1964.

Es triste ver a un padre ir perdiendo poco a poco facultades y yo, ese fin de año, no pedí otro deseo que poder llevar a mi padre a Madrid en Semana Santa, como por suerte pudimos hacer.

 

 

El último día en que John y yo comimos con  mi padre,  le pedí que me contara la historia de su familia, empezando por el origen de su apellido materno, “Expósito”, que era el que recibían los niños abandonados por sus padres en la inclusa. Yo siempre había asumido que  se le habría dado a algún remoto y olvidado ancestro, pero resultó que  había sucedido en tiempos más recientes, pues fue mi bisabuelo paterno ese pobre niño abandonado.

Mi tía Regina de Burdeos, la mayor de los siete hermanos de mi padre, fue la primera en contarme la historia en una reunión familiar en abril de 2014. Desde entonces he escuchado diferentes versiones de diferentes fuentes familiares. Como mi tía Regina es la mayor de los ocho nietos de este hombre, me inclino a creer que ella es la que tenga un conocimiento de primera mano sobre su abuelo, del que tanto mi padre como yo recibimos nuestro nombre, Rafael.

La primera versión que yo había escuchado de labios de mi primo Manuel de Pozoblanco, hijo de mi tía Ana, es que este Rafael, nuestro bisabuelo, había nacido de la relación fuera de matrimonio entre el padre de este, mi tatarabuelo, y una maestra de escuela de Villaharta, un pueblo encaramado en la sierra que separa el Valle de los Pedroches, cuya capital es Pozoblanco, del resto de la provincia de Córdoba. Por razones obvias, nada se sabe de la identidad exacta de esa mujer y, cualquier información que la familia tenga, debe de ser producto de rumores de dudosa fiabilidad. A falta de radio, cine y televisión, el principal entretenimiento de las cuadrillas de pastores y jornaleros eran las historias que se contaban por las noches alrededor del fuego. Esas historias se extendían luego por toda la región, un área relativamente pequeña y compacta en la que más o menos todo se sabía. El caso es que la pobre mujer habría dejado a su hijo abandonado a la puerta de una familia acomodada del pueblo de Pedroche.

Poco se sabe también del hombre que dejó encinta a la maestra de escuela, si esa fue realmente su profesión, pero puede pensarse del hecho de que no hiciera lo honorable en esos casos, casarse con ella, así como del hecho de que la mujer abandonara a la indefensa criatura en la puerta de esa adinerada familia de terratenientes de Pedroche, que quizás el padre fuese el “señorito” de esa familia. Las relaciones ilícitas eran el pan nuestro de cada día entre los hombres de ese grupo social en aquellos tiempos y aquellos lugares. Esta teoría estaría corroborada tal vez por el hecho de que la familia acogiera y criara al niño en su casa, en cierto modo haciendo lo que era decente hacer, después de todo, en lugar de entregarlo a las monjas de la inclusa para que lo cuidaran. La familia, no obstante, habría querido dejar claro que no aceptaba ninguna responsabilidad en la paternidad de la criatura negándole el apellido y bautizándolo con ese  Expósito. Es decir, que convertían la adopción en un asunto de caridad cristiana, en lugar de ser un acto de justicia.

Esa fue la versión que me contaron mis primos en Pozoblanco. La otra versión, y probablemente la más cierta, ya que tanto mi padre como mis tías es la que dicen haber escuchado contar a su madre, mi abuelita Josefa, es que esa familia rica, o relativamente próspera, no podía tener hijos y que fueron al hospicio para adoptar a uno de aquellos pobres niños abandonados.  No obstante, lo que no termina de cuadrar en esta versión es que no le dieran al niño su apellido, sino que lo dejaran como “Expósito”. Se trata de algo que tal vez se pueda investigar en el archivo del orfanato de Pozoblanco.

 

Volviendo al origen familiar, ese Rafael Expósito, mi bisabuelo, se casaría luego en primeras nupcias con una mujer de la que nadie parece recordar nada. Tuvo dos hijos de este primer matrimonio a los que en la familia siempre se han nombrado como la tía Filomena y el tío José, que según mi padre murió de purgaciones durante la Guerra Civil en el hospital de Puertollano, al otro lado de la frontera regional, y ya en la región de La Mancha, cuyos parajes no son muy distintos de aquellos del Valle de los Pedroches, del que es capital Pozoblanco.  Estas “purgaciones” son naturalmente un eufemismo para referirse a las enfermedades venéreas, probablemente la sífilis, que era todavía mortal en aquellos tiempos antes del descubrimiento de la penicilina. Según mi padre, el tío José no tenía ninguna afiliación política y se encontraba luchando en el bando republicano simplemente porque era la guerra y le tocó en el bando que le tocó.

Toda la familia está de acuerdo en que la tía Filomena era una buena mujer, siempre muy cariñosa con mi abuela Josefa, que se convirtió en su medio-hermana cuando su padre, mi bisabuelo Rafael, enviudó y se casó en segundas nupcias con una mujer llamada Ana Fernández, con quien tendría otros cuatro hijos : mi abuela Josefa, dos niñas más, Asunción y Tránsito, y un hijo al que llamaron Alonso. De ellos, yo solo recuerdo a la tía Asunción y al tío Alonso (como siempre los llamaron mi padre y sus hermanos), y de nombre nada más, pues nunca tuvimos contacto directo con ellos.

Lo único que sí recuerdo yo personalmente es que cuando mis primos visitaban “el pueblo”, Pozoblanco, se alojaban a menudo en la casa de la tía Asunción, que era lo que había sido el hogar familiar de los Peñas antes de la diáspora general. Según mi padre, de los cuatro hermanos y su descendencia,  la tía Asunción y sus hijos fueron los únicos miembros de la familia que salieron un tanto codiciosillos, y por eso fueron ellos los que, ante la indiferencia de los demás, finalmente se quedaron la propiedad de la casa y las tierras que habían pertenecido al bisabuelo Rafael. Aunque bien es cierto que cualquiera que hubiese sido la herencia que Rafael recibiera de su familia adoptiva, para entonces habría estado ya bien mermada, habiéndose repartido primero entre la tía Filomena y su hermano, a la vez que entre los cuatro hijos del posterior matrimonio. Sea como sea, los otros tres hermanos dejaron sin protestar y sin acritud que la tía Asunción se hiciera con el control de lo que quedara de aquella demediada hacienda.

Me contó mi padre también que, por desafortunada coincidencia, Rafael fue a morir en el mismo hospital de Puertollano donde había muerto su hijo, también durante la Guerra Civil. Uno se imagina los sentimientos que debió de experimentar ese hombre en ese lugar. Me atrevo a pensar que derramó una lágrima o dos ante aquella triste coincidencia si, como se dice, era algo parecido a mi padre y a mí, que llevamos su mismo nombre. Por lo visto compartía con mi padre un carácter jovial y chistoso. También yo tengo en general un genio alegre y efervescente, a la vez que, como mi padre, adolezco de una cierta incontinencia emocional y lloro por cualquier cosa.

 

 

Mi padre llegó a Barcelona en 1962. Se vino primero solo, como tantos otros hombres del sur de España, y mientras él buscaba trabajo en la ciudad, mi madre se quedó en Pozoblanco con mi hermana y mi hermano, cuidando de mi abuela Jacinta, su madre, que había perdido la vista como resultado de una grave enfermedad. Para entonces ya casi toda la familia de mi padre había dejado Pozoblanco, incluida su madre, mi abuela Josefa, que había enviudado de mi abuelo Manuel pocos años antes y se había venido a Barcelona acompañando a mi tío Manolo, su hijo menor. No obstante, las primeras de la familia Peñas en llegar a la ciudad, habían sido mis tías Felipa y Manola, que lo hicieron en 1957.

El novio de mi tía Felipa, el que luego se convertiría en mi tío Bartolomé, ebanista de profesión, había encontrado trabajo en una carpintería de Barcelona por medio de un compañero del servicio militar,  un tal José, que había hecho  con él el servicio militar.  Este taller de ebanistería estaba en la Calle Tantarantana, en el número 6, al lado de donde se alojaba, en el número 8. Eso fue en 1956, estando ya prometido con mi tía Felipa. Por lo visto una vez en la gran ciudad entabló relaciones con otra mujer y la noticia llegó a oídos de mi tía en el pueblo quien, ni corta ni perezosa, se vino a poner orden, acompañada de su hermana, mi tía Manola. La misión tuvo éxito y mis tíos se casaron al poco tiempo, quedándose ya en Barcelona, igual que mi tía Manola, que tampoco volvería ya a Pozoblanco.

Mis tías llegaron a la Estación de Francia en 1957 pero, nada más poner pie en el andén, estuvieron a punto de ser expulsadas por el tristemente célebre comisario Grabado, un personaje legendario entre los inmigrantes andaluces que llegaban a la Estación de Francia de Barcelona exhaustos tras un viaje de casi treinta horas en vagones abarrotados, con maletas por todas partes y chiquillos llorando y jugando por donde podían.

Este comisario Grabado, que según mi tío Bartolomé era tan solo un guardia municipal corrupto, parece que se arrogó él mismo el trabajo de controlador de la llegada de andaluces a la ciudad. Iba a esperar cada día la llegada del legendario “Sevillano”, como se conocía en Andalucía al  tren que hacía el recorrido desde la capital andaluza a Barcelona. Este “comisario” o lo que quiera que fuese, exigía a los recién llegados tener un contrato de trabajo o algún contacto en la ciudad. Si no lo tenían, los llevaba a unas “misiones”, que eran una especie de centros de detención de inmigrantes, antes de devolverlos a su lugar de origen.

Este control era un remanente de los primeros años de la dictadura, cuando lo movimientos migratorios estaba estrictamente controlados por la policía. A lo largo del recorrido de “El Sevillano” subían parejas de guardia civiles que pedían la documentación a los pasajeros. A las mujeres que viajaban solas se les pedía justificación del motivo de su viaje y, si estaban casadas, tenían que demostrarlo con un documento del párroco de la iglesia en su lugar de origen. A las familias se les exigía el libro de familia. Mis tías escaparon del celo del comisario auto-erigido en controlador de las migraciones porque mi tío Bartolomé las estaba esperando y, si se tenía un contacto, te dejaba pasar.

La economía española había arrancado tras la expulsión de los ministros militares impuestos por Franco tras su victoria en la cruel Guerra Civil. Su desastrosa gestión económica había hundido al país en la miseria. Por suerte para el Dictador, la lógica de la Guerra Fría le echó un cable al régimen.  En 1953, Franco había firmado unos acuerdos con el Presidente Eisenhower por los que, a cambio de permitir la instalación de cuatro bases militares norteamericanas en territorio español, el país recibiría  ayuda y asesoramiento. Esto lanzó un salvavidas a una economía que hacía aguas por todas partes tras el desastre de la autarquía.

Unos de los pilares de ese Desarrollo fue la inversión en la construcción tanto en ciudades como en las zonas costeras que habían sido designadas como polos de atracción turística; y aquí es donde mi padre entra en ese escenario, atraído a Barcelona como tantos otros por esa fiebre constructora que precisaba miles y miles de trabajadores especializados.

Primero encontró un trabajo como albañil, la profesión para la cual se había preparado, con un capataz que reclutaba trabajadores para diversas obras. Le pagaba 1200 pesetas a la semana, es decir, 12 pesetas por hora. Según mi padre  era un cretino. Era de la provincia de Gerona y, como tanta gente en el norte de España, tenía una mala opinión sobre los trabajadores andaluces, a quienes consideraba estúpidos, vagos e incompetentes, aunque por lo visto era él quien era un inútil. Cada vez que aparecía allá donde estuvieran criticaba y cuestionaba el trabajo que se estaba haciendo. Empezaba a toquetear las cuerdas que se usaban para construir los muros y a intervenir de forma poco constructiva. Tenía un sobrino cuyas capacidades mentales eran un poco reducidas pero al que no obstante había confiado el rol de supervisor

Mi padre estaba descontento. Fue entonces cuando un encuentro casual vino a ofrecerle  mejores condiciones con otro capataz. Se estaba construyendo entonces la nueva sede de los almacenes El Corte Inglés en la Plaza de Cataluña y mi padre se detuvo a mirar las obras con curiosidad profesional. Allí estaba trabajando un viejo amigo suyo de los tiempos cuando había estado en Puertollano, al poco de casarse con mi madre. Se alegraron mucho de verse de nuevo y, al contarle mi padre  su  insatisfacción con aquel capataz y su obtuso sobrino, su amigo Pedro le presentó a su jefe. Gracias a la recomendación de Pedro, éste  le ofreció allí mismo unirse a su cuadrilla ganando dieciocho pesetas a la hora.  Así que mi padre volvió a aquel capataz poco escrupuloso y se despidió de él con gran gusto, llevándose con él a prácticamente todos los otros albañiles, cuando les contó lo de las dieciocho pesetas que iba a ganar con el nuevo capataz de obra.

Este nuevo jefe era una persona razonable y, al comprobar que mi padre era un trabajador serio y concienzudo, le ofreció todas las horas que quisiese, además de ponerle con trabajadores madrileños, que tenían derecho por contrato a días libres para ir a visitar a la familia. Mi padre se encontraba en la misma situación que ellos, con mi madre en Pozoblanco, cuidando de mi abuela y de mis hermanos.

Las cosas se presentaban pues prometedoras para mi padre: Tenía trabajo estable y las perspectivas de poder traerse a la familia a Barcelona; razones suficientes  para estar contento y satisfecho consigo mismo.

 

Algunos años antes de esa emigración a Barcelona, fue cuando mi padre conoció como es debido y se hizo novio con mi madre, Carmen, a quien había visto muchos años antes jugar en la plaza enfrente del colegio de los salesianos donde él había estudiado la escuela primaria. No obstante, el primer encuentro real sucedió durante uno de los periodos de recolección de aceitunas en los que todos trabajaban como temporeros. Estuvieron de novios muchos años, como era tradición en aquel entonces, y mi padre bromea que se casó con ella porque la forzaron sus padres, que si no aún estaría esperando.

Mi madre tenía en principio un carácter precavido y poco dado a entusiasmarse con las cosas. Le costaba tomar decisiones importantes, así que me la imagino perfectamente contenta sentada en la barda, sin atreverse a dar el siguiente y natural paso en la relación.

Era una mujer que, sin haber ido a la escuela tenía una gran inteligencia natural y, a sus años, había visto ya mucho mundo sin salir de su casa. Es comprensible esa cautela suya, pues sabía muy bien lo que le esperaba una vez casada: una vida en permanente zozobra, preocupándose continuamente por tomar la mejor decisión entre todas las malas que le ofrecería el destino, luchando a brazo partido por sacar una familia adelante en condiciones que ella sabía solo podían serle adversas. Daba por seguro que tras la boda tendría que emigrar a la ciudad y criar a sus hijos lejos de todo lo que conocía, de su familia y sus amigos, en un entorno hostil por definición. Las mujeres siempre han sido sabias. Ellas son las que paren y a ellas les ha tocado históricamente el papel conservador que luego se les ha criticado. Nunca han podido ganar.

Pero como las cosas siempre han sido así, al final no le quedó más remedio que dar el paso y mis padres se casaron en 1959. En 1960 nació mi hermana. Mi hermano mayor nació en 1962 y yo en 1964. Finalmente, mi hermano menor lo haría en 1968, el único de los cuatro que es catalán de nacimiento ya que nació ya cuando estábamos en la ciudad a la que íbamos a llamar nuestra: Barcelona.

Yo tenía solo cuarenta días en este mundo cuando nos mudamos. Mi abuela Jacinta, la madre de mi madre, había muerto dos días antes de nacer yo.  Es difícil imaginar el agotamiento que mi madre debía de sentir al bajar del tren tras el largo viaje con tres niños, uno de tan solo cuarenta días,  el mismo periodo transcurrido desde que había enterrado a su madre y,  con ella,  todo aquello a lo que había estado acostumbrada.

Hay una célebre foto del fotógrafo Xavier Miserachs que muestra a un grupo de esos inmigrantes recién llegados a Barcelona. Caminan por el Paseo de Gracia, cuya elegancia contrasta con el desaliño de los recién llegados, sin duda sin haber podido ni lavarse la cara en el tren. El grupo, formado por tres hombres y una mujer, parece mirar a la cámara con desafío y enojo.  No sé hasta qué punto se trata de una imagen espontánea o si fue previamente acordada pero, en cualquier caso, lo que se ve es una mirada de incomprensión entre ambos mundos, el del fotógrafo burgués acomodado en su ciudad y el de los inmigrantes recién llegados. Esa incomprensión iba a durar mucho tiempo y, hasta cierto punto, sigue sin estar bien resuelta a pesar de los esfuerzos de integración de unos y otros. El arbitrario prejuicio de aquel capataz gerundense contra los andaluces sigue arraigado en el subconsciente de muchos. No obstante, la integración de mi familia en Barcelona, igual que la de tantos otros, iba a resultar un éxito gracias a la generosidad de espíritu y a la fe en el progreso que había animado y todavía animaba entonces la reconstrucción de Europa tras la atroz Guerra Mundial. Desgraciadamente, ese espíritu positivo de reconciliación y ese deseo de paz y hermandad universal parece haber sido hoy olvidado, pero eso es ya otra historia.